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De Quimeras y Ensoñaciones

Cabeza parlante

Era un busto hermoso de piedra, de alabastro, de mármol de Carrara, que a veces parecía de color salmón, otras rosa, y otras puro blanco marmolíneo. Lo encontramos escondido en la gruta que cuelga sobre los acantilados de la playa cuando paseando, nos deslumbró los destellos de sus ojos de cristal al incidir sobre él los rayos del sol del mediodía.
Nunca fui un trepador, ni en la vida, ni en las montañas, ni en los acantilados de la playa, más aquel brillo me cautivó, me robó la razón, y me transmuté en carnero montés trepa riscos con riesgo de caídas, arañazos y otras desdichas que en el aquel instante no tomé en consideración.
De haber pensado en la considerable altura a la que se hallaba aquella gruta, ahora no la tendría en mis manos, pero fui terco y cabezota, y ahora, contemplando aquel busto de … ¿De un Cesar romano?. ¿Del gobernador de la ínsula de Barataria?. ¿De un bucanero apátrida, sanguinario e inhumano?. No sé. Era toda una obra de arte, bueno, eso era lo que me parecía a mí, ingenuo e inocente ignorante de toda clase de creación artística.
Me gustaba.
Era bonita, y cuando los rayos del sol se reflejaban en sus ojos de cristal, parecían contener todos los peces del mar, todas las estrellas del cielo, ó las lágrimas de desconsuelo ó la alegría de toda una vida.
Era curioso, debería haber fabulado con tener en mis manos un busto con ojos de topacio, de rubí, de diamantes, de gemas de inconmensurable valor, de ser rico y adinerado con aquel gran tesoro encontrado, y sin embargo, me embargaba, me embriagaba con el interior de aquellos ojos de cristal.
Me tenían atrapado, subyugado, aquellos ojos me miraban dentro, muy adentro, y yo veía en ellos nadar pececillos y cruzar estrellas fugaces a ritmo de granos de arena cayendo con el tiempo en un reloj de cristal, tic, tac, tic, tac. Si, también los relojes de arena, si te detienes a escuchar, les oirás cantar su canción, al ritmo del latido de tu corazón.
Cuando mis manos taparon sus ojos, la magia feneció al instante. Se borró mi apasionamiento por aquel pedazo de mármol, se cerraron las puertas, se borró su dominio de hipnotizador sobre mis sentidos, mis realidades y los peces volvieron al mar y desaparecieron las estrellas, quedando el azul límpido del cielo del mediodía.
Noté escalofríos.
Noté que llevaba sobre mis brazos el busto de una estatua prisionera y viva, sí, viva, viva y de vida independiente, sin dueño, libre, libre albedrío, con voluntad propia y a merced tan sólo de la erosión del tiempo.

En otro lugar, en otro rincón, en la capilla del Oidor, una copia irreal de la verdad hacía la delicia de sus visitantes, un busto parlante, representación de la escena del capítulo del engaño a Don Quijote, se representaba en un rincón, era el oráculo que respondía a las preguntas formuladas, pero esto era teatro, debajo de un atril, un proyector mandaba imágenes grabadas sobre el falso busto, que realmente, - acompañado por megafonía -, parecía que hablase, parecía cobrar vida, despertar de un letargo de piedra por arte de la bruja Morgana, parecía cabeza humana que movía y dictaba con movimientos de labios y cejas, acompasándolas, palabra a palabra, la respuesta a la pregunta dada. Muy logrado el efecto. Muy de feria. Muy de embeleso y de dejar embobado por unos minutos al visitante que se dejase llevar por la fantasía de cabezas de mármol que cobran vida, que hablan, que responden a preguntas en la penumbra de la sala de exposiciones del centenario de Cervantes.

También en la penumbra, en otro lugar distante, un original real de la verdad abría los ojos a la luz de la luna, que con un bostezo, despertaba a la noche y tapaba con un manto negro salpicado de puntitos blancos, el firmamento. Un bostezo tan grande capaz de tragarse la luna en un solo acto. Los labios del busto se desentumecieron, forzaron una sonrisa, le lanzaron un beso a la luna, soplaron pompas de jabón imaginarias y enseñaron unos dientes de mármol carnosos y desgastados. Y un guiño con un ojo, luego con el otro. Unas cejas que se alzan, unos carrillos que se insuflan de aire cual pez globo, cual niño jugando. Un busto de mármol que cobra vida.
¡ Eh¡ Es capaz de girar, de ladearse, de decir gestualmente Si y No, y … y de hablar.

- Hola.

Cuando oí su voz la primera vez, me guié por el sonido y me giré hacia el lugar de donde procedía, pero sabía que estaba solo y dejé correr un velo de niebla sobre mi alucinación, dejándola hacer, dejándola pasar, dejándola deshacerse ella sola en el tiempo.

- Te estoy hablando a ti. Hola. Buenas noches.

Mi cara, si me hubiesen pintado, era la suma expresión de un enajenado. Mis ojos abiertos al máximo, mi corazón palpitando. Mis manos sudaban. Mi boca estaba abierta. Mis orejas enhiestas. La adrenalina corriendo por mis venas desesperada en busca de sus centros de actuación diana, cual flecha disparada en busca de su lugar certero.

- No tengas miedo de mí, mi pequeño escritor, todavía no me he comido a nadie.

¡¡ Hablaba ¡¡ . Mi busto encontrado en la playa, hablaba.
No estaba loco, estaba descansado, no había tomado demasiado el sol ni tampoco alcohol, ni alucinógenos, ni nada de nada, tampoco estaba dormido, ni hipnotizado, ni sedado, ni soñando, ni tenía lesiones en el cerebro, ni me había dado un golpe, ni … Vaya, que me encontraba sano y cuerdo. Normal. Pero la estatua de mármol de ojos de cristal me hablaba.

- Me gusta la luna, me despierta, me da la vida.

Me hicieron gracia sus palabras que no comprendía.
Medité.
Era la luna.
Se infiltraba en su alma a través del bostezo y la luna se hacía estatua que reflejaba la luz de los luceros en sus ojos de cristal color esmeralda, color esperanza.
Perdí mi miedo, mi vergüenza, mi realidad, y acercándome a aquel oráculo lunático, tragaldabas de lunas, le planté un beso y le di las gracias por ser mi musa, mi musaraña, mi luna en mi alma dormida y solitaria.

En un lugar lejano de allí, en la capilla del Oidor, unos niños jugando, fugitivos de sus padres, mientras la cabeza parlante repetía sus preguntas grabadas, curiosos por el espectáculo, deseosos de la verdad, a gatas, traspasaron el cordel de seguridad, descubrieron el proyector, y al alzarse, en sus juegos inocentes, golpearon el atril, el falso busto, la teatral cabeza parlante hecha de artificios y luces y esta, resbalando, cayó sobre el suelo de madera emitiendo un grito. Un falso grito humano. Todo formaba parte del espectáculo.

1 comentario

white -

Muy buen relato, tanto como el susto de oir a un busto hablar. Saluditos